viernes, 1 de junio de 2018

Ríe la máscara


Por:
Sergio López 

Van no entendía claramente lo que estaba haciendo. Para su edad era normal ser tan curioso como para atreverse a seguir a otro niño sin que se diera cuenta. Sabía que Fermi era muy extraño, de los que parecen quedarse aparte y no involucrarse con los demás, permaneciendo en un rincón en la pared. Casi siempre andaba en la Luna, frecuentemente ignorado y siendo víctima de burlas. Van apenas lo trataba y quería hacerse su amigo pero no ponía mucho empeño en ello, distraído en sus asuntos personales.
Ese día, cuando salió a la tienda a cumplir un encargo, lo vio, extrañado de notar una expresión diferente en él, y sin saber el porqué, empezó a seguirlo. Fermi no demostraba reacciones o sentimientos ante los demás, pero había cambiado últimamente, desde que Van notó como se hizo amigo de otro niño. Ese otro niño era aún más raro, debido a una especie de deficiencia mental. Era algo feo en cuanto a la complexión facial y su forma de hablar involucraba un número limitado de palabras. Lo que más hacía era emitir una risa bobalicona que sonaba como “jijajú” y con ese apodo le reconocían en la escuela. Van creía que tenía lo que llamaban Síndrome de Down, pero nadie lo confirmaba. No era un estudiante exactamente. Algún maestro o trabajador de la escuela lo traía consigo y lo dejaba andar por ahí durante las horas de clase. Por su anormalidad, nadie se le acercaba. Fermi fue el único que lo hizo, por sus propias razones. No se entendía lo que decían, pero a Van se le hizo común ver a Fermi y a Jijajú reír juntos todo el tiempo, entregados a juegos imaginarios o intercambiando expresiones donde no hacía falta hablar. Eso provocaba aun más burlas para Fermi por tener un amigo tan irregular, pero en aquel entonces, quizá por advertencia de sus padres o maestros, los alumnos lo dejaron en paz. Fermi y Jijajú podían andar por toda la escuela sin que nadie los tomara en cuenta, la mayoría actuando como si no estuvieran ahí. Van los seguía viendo, pero no se atrevía a interrumpirlos cuando estaban juntos. En ocasiones Jijajú caminaba de la mano de Fermi, que lo guiaba como si se tratara de un perro fiel.
Nadie pudo ver nunca que los padres o tutores de Jijajú o que aparecieran alguna vez para recogerlo. De hecho, a veces él y Fermi se iban juntos a casa, o esa era la impresión que daban, ya que no había modo de saber quién iba al hogar de quién.
Siguieron viéndose a esos dos extraños amigos por un par de meses, pero desde hacía una semana, Jijajú dejó de aparecer en la escuela y nadie pudo dar razón de él. Quienes lo traían, se habían mudado o trasladado a otro lugar, supuestamente. Tampoco se veía más a Fermi. Decían que había enfermado. Van se preguntaba si se habría enterado de que Jijajú tenia que irse, sufriendo un duro golpe al saber que no lo vería más. Pero no se ocupó de averiguarlo, a pesar de que lo deseaba, no se atrevía a ir a la casa de Fermi.
El haberlo encontrado por las calles en ese momento fue pura casualidad. Quería hablarle, siguiéndolo hasta dar con un punto en el que tuviera el valor de saludarlo. ¿A qué le temía? Tal vez a lo incomodo que pudiera ser, empeorando cuando Fermi se pusiera a llorar y él tuviera que esforzarse por consolarlo. Aun así, no quería dejarlo. Sin embargo, Fermi no parecía tan triste como pudiera esperar. Tuvo que afrontar la pérdida por una semana y sus lágrimas se habrían secado, pero Van sentía algo más. Su expresión característica, esa mirada entre soñadora e imperturbable, lucía diferente, acompañado de algo similar a la tristeza y la depresión, pero que no era exactamente lo mismo. Van no sabía como entendía eso y la confusión se apoderaba de él.
Fermi iba caminando por la ciudad, deteniéndose de vez en cuando en algunos puntos, pero sin hacer nada en especial más que mirar. Van supuso que era por la nostalgia y que esos lugares eran los que había recorrido en compañía de Jijajú. La distancia entre ambos se iba acortando, pero Fermi nunca se volvió atrás. Uno puede sentir cuando es acechando, algo que Van sabía muy bien, y no estaba siendo del todo sigiloso, pero Fermi parecía estar sumido en su propio mundo.
Conforme se aproximaba, reduciendo algunos metros, Van comenzó a percatarse de lo que le rodeaba, o más precisamente, lo que Fermi veía frente a él. En la esquina, al ver el poste que indicaba la señal de alto, Van dejó de verla, notando que, en su lugar, había como una pelota que giraba en torno a su propio eje, rodeada de otras pelotas más pequeñas que giraban también. Una tienda cercana mostraba en el escaparate, una selección de artículos decorativos, pero estos fueron sustituidos por pequeñas lucecitas que flotaban y parpadeaban. Incluso el interior de la tienda se ensombrecía por segundos, sin que parecieran haberse fundido las luces del interior y el sol aun estaba muy brillante en lo alto, sin ninguna nube cubriéndolo. Las paredes, en algunos puntos, se rompían como si fueran de cristal y los restos caían lentamente, formando montones, de un modo casi armónico.
Otra irregularidad era que el calor que debían sentir por el verano, había sido reemplazado por una brisa fría que a Van lo helaba hasta los huesos. No comprendía que estaba pasando. ¿Acaso era esto lo que Fermi podía ver que los demás no? ¿Por eso siempre estaba distraído? Tal vez como nadie se acercó nunca con buenas intenciones no podían ver nada, y era por eso que él empezaba a notarlo todo. A Van no le parecía agradable en absoluto, y no debido al miedo que estaba sintiendo, sino porque tenía la certeza de que estaba invadiendo lo que llamaban el “espacio personal” de alguien, en la forma radical que entendía del concepto. Eso estaba haciendo con Fermi, pero no quería retroceder. Todavía no. Fermi prosiguió con su recorrido, acercándose a una calle que, mayormente, consistía de establecimientos y casas abandonadas. Mientras caminaba y mantenía su mirada nostálgica, Van se dio cuenta que estaba hablando solo. O eso creía.
“Jijajú…Jijajú…Jijajú…” Decía Fermi, repitiendo el sobrenombre de su amigo, pero lo pronunciaba como si estuviera cantándolo, buscando una melodía que concordara. “Oh. Ya lo entiendo. Es una canción.”
Fermi se detuvo y Van también, permaneciendo detrás de él, vacilante en decir algo. Pensaba en la pronunciación de Jijajú. Antes sonaba chistoso, pero de pronto no le agradaba pronunciar ese nombre en sus pensamientos. Lo asustaba, como si fuera algo peor que decir una mala palabra.
“Una canción.” Repitió Fermi. “Eso es. Lo leí en un libro de poesía alguna vez. A veces la risa es como una canción de la muerte. Sí, eso decía. Tiene sentido.”
Van se sobresaltó aun más. No entendía de qué estaba hablando Fermi y quería echar a correr, pero era muy tarde. Ya no podría moverse, o al menos hasta que Fermi se perdiera de vista, pero otra vez se había detenido. Estaba mirando fijamente a una casa abandonada, con aspecto temible. Dicha visión escandalizó y activó el circuito de la memoria en Van. Cualquier casa abandonada podía causar tanto pavor a un niño supersticioso, pero más impresionante era cuando esta todavía conservaba esas cintas amarillas que usaban los policías, aquellas que indicaban que había pasado algo muy malo en ese lugar. Y Van lo sabía, o había escuchado al respecto, pero no puso suficiente atención.
No hacía más de una semana que en las noticias comentaron sobre una casa abandonada donde se encontró el cuerpo de un niño asesinado. No fueron muchos los detalles que recordaba, pero en las noticias dijeron que habían atrapado al asesino y éste confeso lo que había hecho, e incluso advirtió que había otro niño, pero que ese se le escapó. Van no quería saber de esas cosas y por eso intentó olvidar algo tan horrible. Pero ahora, al ver la expresión de Fermi, estaba entendiéndolo mejor. Se sentía triste por él, pero no quería quedarse más en ese lugar, donde el pobre Jijajú fue asesinado. Estaba por darse la vuelta y echar a correr, sin pensarlo mucho, pero vio como Fermi giró, decidido, entrando a la casa. Pasó por debajo de las cintas, y pudo abrir con facilidad la puerta. Van quería irse, sintiéndose repentinamente mal, asustado, pero otra vez la curiosidad fue más fuerte. Dominándose, siguió a Fermi y entró a la casa. Adentro, estaba muy oscuro, para alivio de Van, temiendo que no hubieran limpiado toda la sangre que pudo quedar de Jijajú. Distinguía la silueta de Fermi, que fue desapareciendo entre los rincones oscuros. Van no soportaba esa tensión del silencio, seguro de que Fermi ya debía haberse dado cuenta de que lo seguía. Decidió llamarlo.
“¿Fermi?”
No respondió. Con la oscuridad, Van no estaba seguro de que podría seguir ahí, en lo que parecía ser la sala de la casa. Pudo haber entrado a unos de los cuartos o a la cocina. Intentó avanzar para seguirlo, pero cada paso le producía escalofríos. No se atrevía a internarse más en las sombras donde cada una le hacía pensar en monstruos y fantasmas. De pronto, su pie tropezó con algo, y apenas consiguió sostenerse para evitar la caída. Automáticamente, extendió la mano para tomar el objeto que casi lo hizo caer. Era plano y redondo, hundido como un plato, pero tenía algo grabado. Trató de llamar a Fermi otra vez, pero escuchó un fuerte ruido proveniente de uno de los cuartos, que lo hizo estremecerse y prefirió salir a toda prisa.
Van estaba de vuelta fuera de la casa, respirando entrecortadamente y se dio cuenta que aun sujetaba ese objeto. Gracias a la iluminación del mediodía, podía verlo con claridad, pero enseguida deseó no haberlo hecho. Era una especie de máscara, forjada con barro, que parecía ser muy vieja, pero maciza y resistente. Lo aterrador era que el diseño de ésta era una réplica exacta de la efigie de Jijajú. Su mismo rostro casi deformado, con la bobalicona sonrisa que mostraba todo el tiempo. Recordó lo que Fermi había estado diciendo y volvió a estremecerse. Un pedazo de periódico, arrastrado por el viento, volaba justo a su lado. En forma involuntaria, extendió la mano, atrapándolo en el aire, y lo acercó para leerlo.
Era la nota publicada sobre el asesinato en la casa abandonada. Explicaba como el maniaco homicida allanó ese lugar y encontró a un niño que se había fugado de casa, a quien no dudó en eliminar con prontitud. Van pensó que ese niño había sido Jijajú, pero ahora comprendía su equivocación. El nombre de la victima era el de Fermi, y la foto lo comprobaba.  No había confusión posible. También agregaban que el asesino hablaba de otro niño que lo asustó cuando había asesinado a Fermi, el cual se echó sobre él como un animal salvaje, para luego salir corriendo, antes de que pudiera hacerle algo en represalia. La policía tomó a mal su declaración, asegurando que ese segundo niño no existía y era una de las alucinaciones habituales del asesino, además de que nadie reportó a ningún otro niño desaparecido o fugado. Van no podía dudar de ello, comprendiéndolo todo en ese momento. Fermi llevaba muerto una semana. Pero nadie se molestó en decírselo. Los directivos y el personal de la escuela ni lo notaron. Al no tener amigos que se interesaran en él, nadie pudo hacer correr la noticia. Ni siquiera sabían su nombre completo para saber que fue Fermi el que murió, o no les importó en absoluto. Nadie le prestó atención, ni para producir un morboso chisme que recorriera la escuela. Desde que apareció Jijajú, fue como si Fermi dejara de existir para todo el mundo, y Van apenas pudo captarlo.
A veces la risa es como una canción de la muerte. Jijajú…Jijajú…Jijajú…
La máscara de barro vibraba en su mano, sintiendo los escalofríos de Van. La dejó caer en el suelo, soltando un grito de terror. Le daba miedo, no quería tocarla nunca más. Ya entendía lo que significaba. Era lo que dejó Jijajú. Oculto detrás de ella pudo estar cerca de Fermi. Lo tenía señalado desde un principio. Como a nadie le importaba, quiso llevárselo. Quienquiera que fuera Jijajú, lo guió a la casa abandonada para dejárselo en manos del fatal destino. Y ahora, Fermi se había ido. Recorrió sus lugares favoritos de la ciudad por última vez, viendo su lado oculto, resignándose a dejar todo atrás. Van sentía que se iba a desmayar al entender algo tan trágico y tan estremecedor. Quería pisotear la máscara, golpearla con una roca hasta romperla en mil pedazos, pero no podía. Eso era algo que con lo que él no quería meterse. No quería arriesgarse.
“¡Jijajuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!”
La risa familiar se hizo escuchar a sus espaldas, convertida en un alarido que hizo eco. Quedándose congelado ante el shock que le provocó, Van no se atrevió a darse la vuelta. Parecían pasar los minutos y él seguía ahí, presa del pánico. Estaba seguro de que no debía voltear bajo ninguna circunstancia. Lo que estuviera atrás de él, no sería el pequeño y feo Jijajú, sino algo muy diferente. Sin la máscara, solo podía ser algo indescriptible, que no soportaría contemplar sin romperse por dentro.
Van esperó, dominándose. Cerró los ojos y habló serenamente, esperando que sus palabras llegaran al chico, más allá del ente que le tendió una trampa.
“Adiós, Fermi. Lo siento.”
Después, echó a correr con todas sus fuerzas, sin mirar atrás hacia la casa abandonada. La escena del crimen donde Fermi murió. Aquel lugar donde cruzó a una zona de la que nunca iba a volver. Van sabía que sería casi imposible, pero intentaría olvidarlo. No lo comentaría nunca con nadie. Lo dejaría atrás y la próxima vez que encontrara a alguien con un rostro tan falso, se alejaría tanto como pudiera.
La máscara risueña permaneció tendida entre el patio vacío de la casa. Se agitaba extrañamente mientras emitía esa curiosa risa. “Jijajú, Jijajú, Jijajú, jijajú…”. Efectivamente, sonaba como una canción. Alegre y triste al mismo tiempo. Hermosa para algunos y escalofriante para otros. No había nadie en los alrededores para escucharla.
Al siguiente, la máscara había desaparecido sin dejar rastros.

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