lunes, 4 de junio de 2018

La profundidad de tu odio



Por: 
Sergio J. López J.

“Sólo quería decirte que te odio desde la primera vez que te vi. Una mirada fue suficiente para que te odiara como nunca antes odié a nadie. Quiero que lo sepas por que no puedo guardármelo más. No tienes que hacer ni decir nada. Sè que siempre te he sido indiferente y no podrías corresponderme de la noche a la mañana. Con el tiempo, lograré que me odies tanto como yo a ti. Espera y lo veras.”
Tras decirme esas palabras, se dio media vuelta y se alejó de mí. Me había abordado tan repentinamente que no tuve tiempo de reaccionar. La impresión me aturdió durante varios minutos y no sabía que pensar sobre esa inesperada declaración. Nunca me habían dicho algo así en la vida. Hubo quienes me dijeron cosas como: “Me gustas” o “Te amo” pero jamás sentí sus palabras con tanta intensidad. No alcanzaban a reflejar ese sentimiento a diferencia de aquella persona, pese a que se trataban de sentimientos completamente opuestos.
Lo que más me desconcertaba era el no saber de donde nacía todo este odio que sentía por mí. Era cierto que no nos habíamos tratado lo suficiente en el tiempo que llevábamos de conocernos, y eso sólo aumentaba mi inquietud. ¿Qué le había hecho yo? Jamás le había lastimado, ni tenido una opinión negativa sobre esa persona. Ni siquiera le había dirigido una mirada despectiva. Nunca me pareció del tipo de persona que instintivamente debe ser evitada, por lo que no me habría opuesto a que forjáramos una amistad de presentarse la oportunidad, mas ahora comprendía que esto no sería posible.
Mi mente y corazón entraron en conflicto, creando confusión sobre la manera en que debía responder. Yo nunca había odiado a nadie en toda mi vida. No cosechaba rencores y tenía una facilidad increíble para perdonar o tomar a la ligera cualquier tipo de ofensa. Prefería la reconciliación antes que el resentimiento o la confrontación. Me era simplemente imposible pensar en odiar a alguien pero las palabras de esa persona habían dejado entrever su ansiedad, su deseo expreso de que yo sintiera lo mismo. Podría haberle mentido para que se sintiera mejor pero algo me decía que era lo bastante perceptible como para palpar la deshonestidad.
Así que sólo tenía una opción. Recurrir a la lógica y al sentido común.
Después de recibir una carta suya en la que brevemente recalcaba cuanto me odiaba, salí a su encuentro para confrontar a esa persona, tratando de dejarle en claro que no tenía sentido me odiara de esa manera tras haber pasado un periodo tan corto desde que nos conocimos y con un contacto tan limitado.
Su reacción fue echarse a reír y escupirme en la cara antes de responder.
“Seguramente has escuchado que el amor en sí no es racional. Pues bien, el odio tampoco tiene que serlo. No hay envidia ni rencor detrás de lo que yo siento por ti. No has hecho absolutamente nada para provocarlo. Sólo es así y te lo volveré a decir para que te quede claro: Te odio.”
Yo insistí en que tenía que haber una razón en mi afán por hacerle desistir de sentir algo que yo no creía merecer por mi incapacidad de corresponderle.
Sacudió la cabeza y aproximó su mano hacia mi cuello como si pretendiera clavarme sus dedos pero se detuvo a escasos centímetros. Yo retrocedí.
“Muchas personas tampoco merecen ser amadas y aun así, siempre existirán aquellos que les profesen su amor, ya sea incondicional o no. De una vez te aclaro que yo no pienso conformarme con un odio incondicional ya que el mío exige ser correspondido. Presionaré y seguiré presionando hasta que tú lo sientas con la misma intensidad.”
Yo casi lloraba por la frustración, espetándole que no se supone que así fueran las cosas. Pero sabía que no podría conmover a esa persona. Tanto así me odiaba como para no sentir ni la más mínima piedad por mí.  
“No intentes encontrarle sentido. Desde el día en que me enteré de que habías nacido, te odié con todo mi corazón y juré que te odiaría por el resto de mi vida.”
No me atreví a señalar la total falta de incoherencia y sentido en esa frase, comprendiendo que no podía discutir su lógica torcida. Después de todo, si los enamorados pueden decir sandeces como: “Te he amado desde antes de conocerte”, era evidente que no ganaría ese debate. En vez de eso, le pregunté que se supone que pasaría el día en que yo también le odiara.
No respondió y se fue.
Sus esfuerzos por hacer que le odiara fueron convirtiéndose en una forma de acoso constante. Pronto, ya no se conformaba con enviarme cartas, recordándome que de la indiferencia al odio sólo había un paso o que todo su odio era para mí y nadie más. También recibí aterradoras llamadas por teléfono, inclusive después de medianoche, en las que aseguraba como su odio se mantendría con vida más allá de la tumba. Pero lo peor era cuando estábamos solos y se acercaba a mis espaldas, susurrándome variedad de extrañas metáforas comparativas con la profundidad de su odio. 
Invadía mi espacio y mi vida pero me hice a la idea de que no tenía caso que le reportara o hablara con alguien sobre este comportamiento. No importaba lo que hiciera, yo no podría odiarle y tendría que rendirse tarde o temprano.
Ingenuamente, subestimé su perseverancia y los extremos a los que llegaría.
Incrementó el nivel de su acoso. Ahora me seguía a todas partes, sin discreción alguna, para que supiera que no me perdía de vista, provocando que cada vez tuviera menos ganas de salir, sabiendo que andaba afuera, acechándome. Pero ni en mi casa estaba a salvo. De algún modo, había engañado a mi madre, haciéndose pasar por una amistad más, sólo para visitarme con frecuencia, calculando el tiempo en que ella solía salir a comprar la despensa, aprovechando ese lapso para molestarme. Cuando no era agrediéndome físicamente, se ponía a destrozar mis posesiones materiales. Tantas cosas que tenían un alto valor nostálgico para mí fueron incineradas o hechas mil pedazos frente a mis ojos, y si trataba de impedirlo, sólo recibía más agresiones físicas de su parte. Al volver mi madre, perdida en su propio mundo donde no existían las personas que odiaban profundamente, yo disimulaba lo que esa persona me había hecho, cubriéndole y despidiéndole con cortesía. Mi madre era tan crédula que no cuestionaba mis mentiras para explicar los destrozos o el olor a humo en mi habitación y eso me hizo sentir aun peor.
Sabía que era lo que quería esa persona. Atacarme desde todos los ángulos posibles, no dejar nada intacto para que cediera. Pero yo seguía sintiéndome incapaz de odiarle ni siquiera un poco. Simplemente no creía poder despertar ese sentimiento en mi corazón. No sentí ni siquiera la mañana en que desperté y encontré la cabeza decapitada de mi gato en la cama, y su clásico mensaje de “TE ODIO” escrito con sangre en la pared. Sabía que eso ya era enfermo, tal vez hasta criminal, pero no tuve reparo en limpiar la sangre, enterrar la cabeza junto con el resto del cuerpo (que encontré debajo de mi cama) sin que mi madre se enterara. Todo lo hice tan mecánicamente, que era como si sus esfuerzos continuos por estimular algo que yo no podía sentir, únicamente sirvieran para hacerme cada vez más insensible.
Al menos yo creí que no me había afectado, pero la siguiente vez que vi a esa persona, fue como si me convirtiera en alguien más y perdiera la conciencia. Le pegué en la cara, casi rompiéndole la nariz. Sonrió antes de devolver el golpe y después todo se puso borroso. Sólo supe que nos llamaron la atención y un reporte no se hizo esperar. A la salida, se acercó para susurrarme que yo ya comenzaba a entender lo que se sentía pero que todavía faltaba mucho para que lo sintiera realmente.
Empezaba a darme cuenta que me había equivocado al pensar que no podía corresponderle. Es que yo no sabía como era ese sentir o simplemente no me era posible tener conciencia de ello. Pero en efecto, sus acciones ya estaban influyendo en mí y estaba dejando que el sentimiento se apoderara de mis propias acciones. Odiaba que eso estuviera pasando. Odiaba que me odiara tanto. Y ahora estaba a un paso de odiar también a esa persona.
Ese día caminé mucho para reflexionar, tratando de aclarar mis pensamientos, buscar una manera de calmarme y expulsar esa sensación oscura de mi corazón. Pero no era algo que desapareciera así nada más y esa persona se aseguraría de ello. No perdió tiempo, ya que cuando por fin regresé a casa, me esperaba la terrible visión de mi madre, yaciendo en la cocina, muerta. La habían estrangulado con una especie de cuerda y yo sabía quien había sido. Su odio era tan intenso y profundo que no respetaba nada.
No derramé ni una lágrima. Todo lo que hice fue tomar un cuchillo y dirigirme hacia donde sabía que vivía esa persona. Cuando entré en su casa, ya estaba esperándome y no perdió tiempo en saludarme, empuñado su propio cuchillo. Forcejeamos durante varios minutos, cada uno tratando de enterrar su arma en el cuerpo del otro y de algún modo, yo logré despojarlo de la suya. Estaba a mi merced y con tan sólo hundir el cuchillo en su cuello o en su vientre, terminaría con esa pesadilla. Aun viendo hacia la muerte, seguía intimidándome con su odio destellando en el fondo de sus ojos. Yo vacilé y dejé caer el cuchillo, apartándome y sintiendo mareos. No podía hacerlo. Si la finalidad del odio era tomar la vida de la otra persona, yo no era capaz de comprometerme así. ¿Esa era la diferencia entre nosotros? ¿Esa persona podía odiarme hasta la muerte y yo no podía odiarle al grado de cobrar justa venganza por lo que debería ser un imperdonable crimen?
Permanecí de rodillas, incapaz de pensar claramente, como si todo hubiera perdido el sentido. No puse atención cuando se incorporó, recogiendo el cuchillo más cercano y enterrándolo en mi espalda hasta la empuñadura. Me derrumbé y sentí como si estuviera cayendo en un pozo oscuro. Todo lo que podía ver mientras caía era una expresión diferente en su mirada. Decepción. Una gran tristeza traslucía en las últimas palabras que me dirigió.
“Al final, no pudiste odiarme tanto como yo a ti. En el fondo, siempre lo supe pero no eliges a quien odiar. Perdóname por no lograr que lo sintieras plenamente…En algún lugar, tendrá que existir alguien que de verdad pueda odiarme…”
Sus palabras me siguieron junto con el sonido de la puerta al cerrarse pero ya no pude decir nada, dedicando mi último pensamiento para desearle suerte en esa búsqueda tan difícil. Para que pudiera odiar de nuevo y recibir el odio que tanto deseaba a su vez. Un odio tan profundo como yo nunca sentí.

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