domingo, 3 de junio de 2018

El charco que tenía que cruzarse deprisa



Por:

Sergio J. López J. 

Zario caminaba rumbo al trabajo sin esperar ninguna novedad cuando se enteró de algo muy interesante. Había cambiado su ruta hacía un par de semanas para hacer menos tiempo y desde entonces había reparado en aquel enorme charco del otro lado de la calle. Estaban en temporada de lluvias y no era de extrañar encontrarse con charcos en las calles sin pavimentar, por lo que no llamaba su atención y pasaba de largo. Aquel día no tenía prisa y por eso pudo detenerse por un momento, fijándose en un grupo de niños que cruzaban el charco, uno por uno, tomando viada al correr un trecho y luego dando un salto. Ninguno lo rodeaba, sólo se empeñaban en saltar directamente al otro lado. Un segundo grupo no tardó en aparecer e hicieron lo mismo. Sólo uno de los niños, de baja estatura y calzando una gorra demasiado grande para su cabeza, vaciló y se alejó de los demás, pasándose al lado de Zario.
“¡Cobarde!” Le gritó uno de sus amigos.
No se quedaron a esperarlo y siguieron su camino, entre risas y silbidos.
El niño lucía pálido y asustado, indicando que lo afectaba algo más que el desprecio.
Intrigado, Zario se acercó para preguntarle que le pasaba.
“Es el charco. No puedo cruzarlo.”
“Eso me pareció. Pero sólo es un charco. A lo mucho te darás una buen remojón y tal vez un posterior resfriado pero no es para tanto.”
“Los demás pueden cruzarlo pero yo no.”
“¿Y eso qué? Sigue yéndote por el otro lado. No es indispensable que lo tengas que cruzar de la misma forma que los demás, ¿o sí?”
“No. Pero me van a seguir diciendo cobarde…”
“Pues crúzalo. No es tan difícil dar el salto. ¿Te enseño cómo?”
“No. Mejor no lo haga. Podría hundirse.”
“¿Hundirme? Es un mugroso charco, no un pozo ni nada por el estilo.”
“Dicen que si uno no cruza el charco corriendo y saltando, se hunde y nunca vuelve a salir.”
“¿Qué quieres decir?”
“El charco se traga todo lo que cae le cae encima. Dicen que han arrojado piedras y nunca se escucha que toquen el fondo. Mi hermano dijo que una vez vieron a un perro cruzando el charco y se hundió enseguida. Nunca volvió a emerger.”
 “La gente dice muchas cosas y no siempre serán ciertas. Por muy hondo que sea el charco no puede tragarse a un perro así como así. Normalmente los perros saben nadar así que es imposible que pase eso. Me parece que lo estás confundiendo con arenas movedizas.”
“Pero no se puede nadar en el charco…”
“¿Qué? ¿Acaso piensan que tiene vida propia, que es un túnel hacia otra dimensión o algo así? Esas son fantasías. No tienes nada que temerle. Y cuando se acaben las lluvias, se secará y ya.”
“Entonces… ¿Puedo cruzarlo y no me pasará nada aunque no lo logré llegar al otro lado y me hunda?”
“Exacto. ¿Te sientes preparado para intentarlo ahora mismo?”
“Cre-creo que no.”
“Bien. ¿Qué te parece si lo intentamos mañana? Ven un poco más temprano, cuando no haya nadie para que no te de pena. Yo estaré aquí. Esperaremos a que vengan tus amigos para que yo sirva de testigo y les sostenga que te vi cruzarlo. No volverán a burlarse de ti.”
“¿Y si no logró cruzarlo?”
“Trae un cambio extra de ropa y mentiremos.”
“¿De veras hará eso por mí, señor?”
“Sí. Te doy mi palabra.”

A la mañana siguiente, Zario se dirigía a su trabajo, silbando alegremente. Miró hacia la calle, divisando a los otros niños, dispuestos a cruzar el charco, como de costumbre. Se detuvieron al encontrar la gorra de su amigo, el cobarde, flotando en medio del charco. Zario se divirtió con sus expresiones, entre confundidas y asustadas. Ese día, ninguno se atrevió a cruzar el charco. En vez de eso, corrieron hacia el otro lado de la calle, y no se detuvieron, huyendo despavoridos.
“¡El charco se tragó a Reme!” Gritaban los aterrorizados mocosos. “¡El charco se tragó a Reme!”
Zario no pudo evitar soltar una carcajada que reflejaba la perversidad de su alma. Le hacía gracia que los niños fueran tan crédulos y ocurrentes. Ese cuento del charco iba a servirle como una coartada perfecta. Pero lo más divertido era el saber que esos niños se quedarían con ese miedo supersticioso por el resto de sus vidas y se la pasarían huyendo de cada charco que vieran. Nunca volverían a ver a su amigo Reme. Y dentro de poco, tampoco volverían a verlo a él. Eso si tenían tanta suerte.

Semanas después, Zario se encontraba en otra ciudad, dirigiéndose a su nuevo trabajo. Entró a una calle solitaria donde la lluvia había hecho estragos recientemente, dejando un sobresaliente charco que se extendía casi hasta la mitad. A Zario no le gustaba el aspecto de los perros de las casas cercanas a la acera donde a fuerzas tendría que pasar si no quería cruzar por el charco. Sin pensarlo mucho y riéndose en sus adentros al recordar el cuento del charco de la ciudad anterior, flexionó las piernas, preparándose para intentar saltarlo. Sería una proeza casi olímpica lograrlo sin mojarse pero no le importaba. No logró cruzar hasta la orilla y se hundió, tan rápidamente que no le dio tiempo de mostrarse sorprendido y apreciar la ironía de su situación.
El charco se lo había tragado.
Una semana más tarde, cuando el charco se hubo secado completamente, no quedó el más mínimo rastro de Zario, uno de los infanticidas más buscados, pasando a la historia como uno de los criminales que aparentemente nunca pagaron sus culpas. Al menos, eso era lo que la mayoría de la gente informada creería, permaneciendo como un caso abierto indefinidamente. 

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