Por:
Sergio J. López J.
Zario caminaba rumbo al trabajo sin esperar
ninguna novedad cuando se enteró de algo muy interesante. Había cambiado su
ruta hacía un par de semanas para hacer menos tiempo y desde entonces había reparado
en aquel enorme charco del otro lado de la calle. Estaban en temporada de
lluvias y no era de extrañar encontrarse con charcos en las calles sin
pavimentar, por lo que no llamaba su atención y pasaba de largo. Aquel día no tenía
prisa y por eso pudo detenerse por un momento, fijándose en un grupo de niños
que cruzaban el charco, uno por uno, tomando viada al correr un trecho y luego
dando un salto. Ninguno lo rodeaba, sólo se empeñaban en saltar directamente al
otro lado. Un segundo grupo no tardó en aparecer e hicieron lo mismo. Sólo uno
de los niños, de baja estatura y calzando una gorra demasiado grande para su
cabeza, vaciló y se alejó de los demás, pasándose al lado de Zario.
“¡Cobarde!” Le gritó uno de sus amigos.
No se quedaron a esperarlo y siguieron su
camino, entre risas y silbidos.
El niño lucía pálido y asustado, indicando
que lo afectaba algo más que el desprecio.
Intrigado, Zario se acercó para preguntarle que
le pasaba.
“Es el charco. No puedo cruzarlo.”
“Eso me pareció. Pero sólo es un charco. A lo
mucho te darás una buen remojón y tal vez un posterior resfriado pero no es
para tanto.”
“Los demás pueden cruzarlo pero yo no.”
“¿Y eso qué? Sigue yéndote por el otro lado.
No es indispensable que lo tengas que cruzar de la misma forma que los demás,
¿o sí?”
“No. Pero me van a seguir diciendo cobarde…”
“Pues crúzalo. No es tan difícil dar el
salto. ¿Te enseño cómo?”
“No. Mejor no lo haga. Podría hundirse.”
“¿Hundirme? Es un mugroso charco, no un pozo
ni nada por el estilo.”
“Dicen que si uno no cruza el charco
corriendo y saltando, se hunde y nunca vuelve a salir.”
“¿Qué quieres decir?”
“El charco se traga todo lo que cae le cae
encima. Dicen que han arrojado piedras y nunca se escucha que toquen el fondo.
Mi hermano dijo que una vez vieron a un perro cruzando el charco y se hundió
enseguida. Nunca volvió a emerger.”
“La
gente dice muchas cosas y no siempre serán ciertas. Por muy hondo que sea el
charco no puede tragarse a un perro así como así. Normalmente los perros saben
nadar así que es imposible que pase eso. Me parece que lo estás confundiendo
con arenas movedizas.”
“Pero no se puede nadar en el charco…”
“¿Qué? ¿Acaso piensan que tiene vida propia,
que es un túnel hacia otra dimensión o algo así? Esas son fantasías. No tienes
nada que temerle. Y cuando se acaben las lluvias, se secará y ya.”
“Entonces… ¿Puedo cruzarlo y no me pasará
nada aunque no lo logré llegar al otro lado y me hunda?”
“Exacto. ¿Te sientes preparado para intentarlo
ahora mismo?”
“Cre-creo que no.”
“Bien. ¿Qué te parece si lo intentamos
mañana? Ven un poco más temprano, cuando no haya nadie para que no te de pena.
Yo estaré aquí. Esperaremos a que vengan tus amigos para que yo sirva de
testigo y les sostenga que te vi cruzarlo. No volverán a burlarse de ti.”
“¿Y si no logró cruzarlo?”
“Trae un cambio extra de ropa y mentiremos.”
“¿De veras hará eso por mí, señor?”
“Sí. Te doy mi palabra.”
A la mañana siguiente, Zario se dirigía a su
trabajo, silbando alegremente. Miró hacia la calle, divisando a los otros
niños, dispuestos a cruzar el charco, como de costumbre. Se detuvieron al
encontrar la gorra de su amigo, el cobarde, flotando en medio del charco. Zario
se divirtió con sus expresiones, entre confundidas y asustadas. Ese día,
ninguno se atrevió a cruzar el charco. En vez de eso, corrieron hacia el otro
lado de la calle, y no se detuvieron, huyendo despavoridos.
“¡El
charco se tragó a Reme!” Gritaban los aterrorizados mocosos. “¡El charco se tragó a Reme!”
Zario no pudo evitar soltar una carcajada que
reflejaba la perversidad de su alma. Le hacía gracia que los niños fueran tan
crédulos y ocurrentes. Ese cuento del charco iba a servirle como una coartada
perfecta. Pero lo más divertido era el saber que esos niños se quedarían con ese
miedo supersticioso por el resto de sus vidas y se la pasarían huyendo de cada
charco que vieran. Nunca volverían a ver a su amigo Reme. Y dentro de poco,
tampoco volverían a verlo a él. Eso si tenían tanta suerte.
Semanas después, Zario se encontraba en otra
ciudad, dirigiéndose a su nuevo trabajo. Entró a una calle solitaria donde la
lluvia había hecho estragos recientemente, dejando un sobresaliente charco que
se extendía casi hasta la mitad. A Zario no le gustaba el aspecto de los perros
de las casas cercanas a la acera donde a fuerzas tendría que pasar si no quería
cruzar por el charco. Sin pensarlo mucho y riéndose en sus adentros al recordar
el cuento del charco de la ciudad anterior, flexionó las piernas, preparándose
para intentar saltarlo. Sería una proeza casi olímpica lograrlo sin mojarse
pero no le importaba. No logró cruzar hasta la orilla y se hundió, tan
rápidamente que no le dio tiempo de mostrarse sorprendido y apreciar la ironía
de su situación.
El charco se lo había tragado.
Una semana más tarde, cuando el charco se
hubo secado completamente, no quedó el más mínimo rastro de Zario, uno de los
infanticidas más buscados, pasando a la historia como uno de los criminales que
aparentemente nunca pagaron sus culpas. Al menos, eso era lo que la mayoría de
la gente informada creería, permaneciendo como un caso abierto
indefinidamente.
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