jueves, 7 de junio de 2018

El mal que no puede prevenirse



Por:
Sergio José López Jaime
Había terminado. Finalmente, aquella larga crisis que a duras penas habían sobrevivido, fue detenida. Los cielos dejaron de sangrar, el aire volvía a sentirse limpio y fresco, los mares recuperaron la serenidad y el colapsado suelo se había recuperado. Emiro, junto con su novia, Pristina, y sus amigos, Alvan y Olea, tuvieron éxito en ponerle fin a la fuente de los males. El demonio que estuvo a punto de acabar con cada forma de vida conocida en el planeta. En medio del caótico escenario que sirviera para la batalla final, yacía la pila de restos carbonizados de lo que había sido el maligno Eres. Todavía no podían creer que hubieran encontrado la forma de destruirlo, tanto por el hecho de haberlo logrado, como el recordar que, originalmente, aquel multihomicida fuera amigo suyo.
Eres, alguna vez un alma inocente, fue un sujeto agradable y gentil, algo torpe en ocasiones pero con las mejores intenciones. Nunca imaginaron que albergaría un resentimiento tan profundo, una rabia tal que, al estallar, lo terminó consumiendo, tornándolo en alguien irreconocible, convergiendo en una forma inhumana, llevando las cosas más allá de los límites, adoptando una postura extremista en un camino de autodestrucción. El precio para detenerlo fue demasiado alto y no les producía ninguna satisfacción la pírrica victoria. Tantas vidas perdidas, tanto horror que tuvieron que presenciar. El sentimiento de sanación estaba lejos.
Estaban por irse cuando las cenizas comenzaron a moverse. Debajo de ellas, algo se agitaba, intentando salir a la superficie. Emiro tomó el arma que había usado para dar el golpe final. Su estructura apenas se sostenía, pero a él le parecía que podría usarse una vez más. Antes de poder activarla, un inesperado sonido tomó por sorpresa a los cuatro. Prístina fue la primera en advertirlo, adelantándose al agacharse, apartando las cenizas, revelando lo que parecía ser un bebé recién nacido que lloraba con toda la fuerza que a estos caracterizaba. Retrocedió, impresionada, y sus amigos se apartaron a su vez. Emiro dejó caer el arma, olvidándose de ella. Ninguno entendía el significado de lo que veían.
La respuesta vino conforme la estela de cenizas recreaba por encima del bebé a la familiar figura demoniaca que Eres había adoptado antes de ser abatido. Les habló con la misma voz cavernosa, en un tono que se escuchaba muy lejano.
“Felicidades. Pudieron vencerme pero destruirme no es tan sencillo. La forma física que tomé solo era un envase que contenía mi esencia, la cual desarrolló una personalidad propia. Vivió una existencia humana hasta que no pudo más con ella.”
Pristina cuestionó si acaso pretendía indicar que lo que pasó con Eres fue una posesión. La etérea forma del demonio negó con la cabeza.
“No. Tal y como dije, aquella persona que conocían fue mi creación indirecta. Para que yo tomara forma por mí mismo, necesitaba una existencia humana que llegara al extremo de negarse a sí misma. Solo así yo podría manifestarme en este mundo, transmutando frustraciones y sensaciones perversas.”
Olea objetó que eso pudiera ser cierto pero Emiro meditó al respecto. Le constaba que Eres sufrió muchas presiones a lo largo de su vida, las cuales soportó noblemente hasta que no pudo más. Todos tienen problemas y superarlos es parte de la vida, aun si a veces esto lleva a desquitarse con otros. Pero hay quienes no pueden lograrlo, y perecen cuando no cambian irreversiblemente. Su antiguo amigo había sufrido ambas experiencias. ¿Y ahora resulta que algo más estuvo detrás de eso? Sabía que tenía sentido pero no quería darle crédito.
“Mi advenimiento fue inevitable pero aun así pudieron detenerme. No obstante, la forma que materialicé, vive de nuevo. Empezaré de cero, una vez más, desde el principio. Dormiré profundamente en su consciencia, hasta que nuevamente el dolor, infligido a causa las relaciones humanas, me permita despertar otra vez. Y todo esto se repetirá con la diferencia de que seré aun más fuerte gracias a esta experiencia. Ese milagro que les permitió vencerme, no se repetirá.”
Alvan señaló al bebé, amenazando con matarlo ahí mismo y así prevenir todo eso. La aparición demoniaca se echó a reír.
“Adelante. Pero deben saber que, si matan prematuramente a mi envase, precipitarán una manifestación de mí mucho más plena que ya no podrán detener al despojarme de mi, por así decirlo, humanidad, la cual, artificial o no, significa un ancla que he mantenido. Arránquenla y me harán automáticamente libre. Dicho de otro modo, mi retorno puede acontecer ahora mismo o dentro de unos años. A mí me da lo mismo.”
Emiro miró al bebé, pensando cómo sería al crecer. ¿Eres volvería a la vida? ¿Sería la misma persona? El amigo que recordaba y extrañaba, antes de su caída, de quedar inmerso en la locura. Tal vez era demasiado bueno para este mundo, pensó. Por eso tuvo que volverse más malo de lo que el mundo podría soportar.  
El demoniaco espectro dio por terminada la conversación y su forma comenzó a disolverse en el aire. 
“Ahora, si no les molesta, tengo que sumergirme de nuevo en lo más recóndito de la pureza de este envase reciclado. Pueden pensar que miento y matar a la criatura, a ver qué sucede. Es a su riesgo. O también pueden dejarlo vivir, crecer, madurar y sufrir hasta que llegue el momento de mi nuevo despertar. Todo lo que importa es que no evitarán que yo resurja. La decisión de cuándo sucederá un nuevo encuentro entre la humanidad y mi persona, es totalmente suya. Detenerlo es un sueño inalcanzable que solo se convertirá en una pesadilla sin fin.”
Con el eco de una malévola carcajada, el demonio desapareció, introduciéndose en la criatura. El bebé, como si lo presintiera en su interior, lloró aun más fuerte. Los cuatro amigos guardaron un incomodo silencio, mirándose entre sí, desconsolados. Emiro sabía que pensaban lo mismo. Todos tenían la misma idea de criarlo, considerando que tal vez con un desarrollo diferente, prevendrían que volviese a degenerar en aquel demonio. La existencia del antiguo Eres fue triste y llena de frustración. Cambiando eso, quizá no tendría que ser así.
La realidad era otra. No era tan simple. La hipótesis que existía sobre aquellos individuos que cometían atrocidades en la historia sugería que, de haber sabido lo que harían, otros que formaran parte de su entorno, pudieron prevenir todo al cambiar ciertos aspectos de sus vidas. Pero no se le podía complacer a alguien eternamente. Además, estaba el dilema. ¿Cómo criar a alguien que nos hizo tanto daño? Es pedirle demasiado a cualquiera de nosotros. Eso solo haría más sencillo que todo saliera mal durante la crianza. Y aun si fuéramos unos santos capaces de perdonar y olvidar, ¿cómo protegerlo del mundo? ¿Cómo evitar que otras personas hieran sus sentimientos? ¿Cómo impedir que odie y que le rompan el corazón en algún momento? ¿Tal vez aislándolo, dejarle crecer en soledad, arriesgando a desarrollar otro tipo de trauma? ¿Y acaso podemos permanecer suficiente tiempo a su lado para vigilarlo cada instante de su vida sin asfixiarlo? Tratar a una persona con tanto cuidado, tanta protección, la arruinaría con mayor seguridad. Desgraciadamente, era una responsabilidad con la que ninguno de los cuatro quería cargar. Tendrían que pasársela a alguien más. Alguien que no supiera sobre el aparentemente precioso regalo que dejarían en sus manos, el camuflaje de una bomba que, algún día, podía detonar o no. ¿En verdad era inevitable? ¿Es difícil tener una vida plena en este mundo tanto como para no albergar demonio alguno en el corazón? Emiro y sus amigos querían creer que todo era posible.
El bebé dejó de llorar y le dirigieron una última mirada. Intentaron, con todas sus fuerzas, no ver el desastre futuro, deseando tener, en cambio, una visión de esperanza.

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