Por:
Sergio José López Jaime
Había terminado. Finalmente, aquella
larga crisis que a duras penas habían sobrevivido, fue detenida. Los cielos
dejaron de sangrar, el aire volvía a sentirse limpio y fresco, los mares recuperaron
la serenidad y el colapsado suelo se había recuperado. Emiro, junto con su
novia, Pristina, y sus amigos, Alvan y Olea, tuvieron éxito en ponerle fin a la
fuente de los males. El demonio que estuvo a punto de acabar con cada forma de
vida conocida en el planeta. En medio del caótico escenario que sirviera para
la batalla final, yacía la pila de restos carbonizados de lo que había sido el
maligno Eres. Todavía no podían creer que hubieran encontrado la forma de
destruirlo, tanto por el hecho de haberlo logrado, como el recordar que,
originalmente, aquel multihomicida fuera amigo suyo.
Eres, alguna vez un alma inocente, fue
un sujeto agradable y gentil, algo torpe en ocasiones pero con las mejores
intenciones. Nunca imaginaron que albergaría un resentimiento tan profundo, una
rabia tal que, al estallar, lo terminó consumiendo, tornándolo en alguien
irreconocible, convergiendo en una forma inhumana, llevando las cosas más allá
de los límites, adoptando una postura extremista en un camino de
autodestrucción. El precio para detenerlo fue demasiado alto y no les producía
ninguna satisfacción la pírrica victoria. Tantas vidas perdidas, tanto horror
que tuvieron que presenciar. El sentimiento de sanación estaba lejos.
Estaban por irse cuando las cenizas
comenzaron a moverse. Debajo de ellas, algo se agitaba, intentando salir a la
superficie. Emiro tomó el arma que había usado para dar el golpe final. Su
estructura apenas se sostenía, pero a él le parecía que podría usarse una vez
más. Antes de poder activarla, un inesperado sonido tomó por sorpresa a los
cuatro. Prístina fue la primera en advertirlo, adelantándose al agacharse,
apartando las cenizas, revelando lo que parecía ser un bebé recién nacido que
lloraba con toda la fuerza que a estos caracterizaba. Retrocedió, impresionada,
y sus amigos se apartaron a su vez. Emiro dejó caer el arma, olvidándose de
ella. Ninguno entendía el significado de lo que veían.
La respuesta vino conforme la
estela de cenizas recreaba por encima del bebé a la familiar figura demoniaca que
Eres había adoptado antes de ser abatido. Les habló con la misma voz cavernosa,
en un tono que se escuchaba muy lejano.
“Felicidades. Pudieron vencerme pero destruirme no es tan sencillo. La
forma física que tomé solo era un envase que contenía mi esencia, la cual
desarrolló una personalidad propia. Vivió una existencia humana hasta que no
pudo más con ella.”
Pristina cuestionó si acaso
pretendía indicar que lo que pasó con Eres fue una posesión. La etérea forma
del demonio negó con la cabeza.
“No. Tal y como dije, aquella persona que conocían fue mi creación
indirecta. Para que yo tomara forma por mí mismo, necesitaba una existencia
humana que llegara al extremo de negarse a sí misma. Solo así yo podría
manifestarme en este mundo, transmutando frustraciones y sensaciones perversas.”
Olea objetó que eso pudiera ser
cierto pero Emiro meditó al respecto. Le constaba que Eres sufrió muchas
presiones a lo largo de su vida, las cuales soportó noblemente hasta que no
pudo más. Todos tienen problemas y superarlos es parte de la vida, aun si a
veces esto lleva a desquitarse con otros. Pero hay quienes no pueden lograrlo, y
perecen cuando no cambian irreversiblemente. Su antiguo amigo había sufrido ambas
experiencias. ¿Y ahora resulta que algo
más estuvo detrás de eso? Sabía que tenía sentido pero no quería darle
crédito.
“Mi advenimiento fue inevitable pero aun así pudieron detenerme. No
obstante, la forma que materialicé, vive de nuevo. Empezaré de cero, una vez
más, desde el principio. Dormiré profundamente en su consciencia, hasta que
nuevamente el dolor, infligido a causa las relaciones humanas, me permita
despertar otra vez. Y todo esto se repetirá con la diferencia de que seré aun
más fuerte gracias a esta experiencia. Ese milagro que les permitió vencerme,
no se repetirá.”
Alvan señaló al bebé, amenazando
con matarlo ahí mismo y así prevenir todo eso. La aparición demoniaca se echó a
reír.
“Adelante. Pero deben saber que, si matan prematuramente a mi envase,
precipitarán una manifestación de mí mucho más plena que ya no podrán detener
al despojarme de mi, por así decirlo, humanidad, la cual, artificial o no,
significa un ancla que he mantenido. Arránquenla y me harán automáticamente
libre. Dicho de otro modo, mi retorno puede acontecer ahora mismo o dentro de
unos años. A mí me da lo mismo.”
Emiro miró al bebé, pensando cómo
sería al crecer. ¿Eres volvería a la
vida? ¿Sería la misma persona? El amigo que recordaba y extrañaba, antes de
su caída, de quedar inmerso en la locura. Tal
vez era demasiado bueno para este mundo, pensó. Por eso tuvo que volverse más malo de lo que el mundo podría soportar.
El demoniaco espectro dio por
terminada la conversación y su forma comenzó a disolverse en el aire.
“Ahora, si no les molesta, tengo que sumergirme de nuevo en lo más
recóndito de la pureza de este envase reciclado. Pueden pensar que miento y
matar a la criatura, a ver qué sucede. Es a su riesgo. O también pueden dejarlo
vivir, crecer, madurar y sufrir hasta que llegue el momento de mi nuevo
despertar. Todo lo que importa es que no evitarán que yo resurja. La decisión
de cuándo sucederá un nuevo encuentro entre la humanidad y mi persona, es
totalmente suya. Detenerlo es un sueño inalcanzable que solo se convertirá en
una pesadilla sin fin.”
Con el eco de una malévola
carcajada, el demonio desapareció, introduciéndose en la criatura. El bebé,
como si lo presintiera en su interior, lloró aun más fuerte. Los cuatro amigos
guardaron un incomodo silencio, mirándose entre sí, desconsolados. Emiro sabía
que pensaban lo mismo. Todos tenían la misma idea de criarlo, considerando que
tal vez con un desarrollo diferente, prevendrían que volviese a degenerar en
aquel demonio. La existencia del antiguo Eres fue triste y llena de
frustración. Cambiando eso, quizá no tendría que ser así.
La realidad era otra. No era tan
simple. La hipótesis que existía sobre aquellos individuos que cometían
atrocidades en la historia sugería que, de haber sabido lo que harían, otros
que formaran parte de su entorno, pudieron prevenir todo al cambiar ciertos
aspectos de sus vidas. Pero no se le podía complacer a alguien eternamente.
Además, estaba el dilema. ¿Cómo criar a
alguien que nos hizo tanto daño? Es pedirle demasiado a cualquiera de nosotros.
Eso solo haría más sencillo que todo saliera mal durante la crianza. Y aun si fuéramos unos santos capaces de
perdonar y olvidar, ¿cómo protegerlo del mundo? ¿Cómo evitar que otras personas
hieran sus sentimientos? ¿Cómo impedir que odie y que le rompan el corazón en
algún momento? ¿Tal vez aislándolo,
dejarle crecer en soledad, arriesgando a desarrollar otro tipo de trauma? ¿Y
acaso podemos permanecer suficiente tiempo a su lado para vigilarlo cada
instante de su vida sin asfixiarlo? Tratar a una persona con tanto cuidado,
tanta protección, la arruinaría con mayor seguridad. Desgraciadamente, era una
responsabilidad con la que ninguno de los cuatro quería cargar. Tendrían que
pasársela a alguien más. Alguien que no supiera sobre el aparentemente precioso
regalo que dejarían en sus manos, el camuflaje de una bomba que, algún día,
podía detonar o no. ¿En verdad era
inevitable? ¿Es difícil tener una vida plena en este mundo tanto como para no
albergar demonio alguno en el corazón? Emiro y sus amigos querían creer que
todo era posible.
El bebé dejó de llorar y le
dirigieron una última mirada. Intentaron, con todas sus fuerzas, no ver el
desastre futuro, deseando tener, en cambio, una visión de esperanza.
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