Por:
Sergio J. López Jaime
De pie, justo al
filo del abismo. Una acción que delata la siguiente. Una figura pequeña,
inmóvil, apenas sintiendo la presión del aire, el contacto de las gotas de
lluvia. Un paso más o un salto, cualquier medio de avance será suficiente para
terminar con todo. Yo lo observaba fijamente, pero sabía que no podría hacer
nada para impedir lo que sucedería a continuación. No es mi responsabilidad, no
es mi asunto. Si alguien podía hacerle cambiar de parecer, tendría que ser
ella.
Al otro extremo,
la vi. Acababa de llegar, tras haber corrido con todas sus fuerzas, respirando
entrecortadamente. Conforme iba recobrándose, miraba hacia el muchacho,
considerando lo que debía decir o hacer. Yo no podía meterme, sólo esperar,
contemplando la escena y procurando resguardarme de la lluvia. Por lo que yo
sabía, ella bien podría optar por saltar con él. El abismo se había abierto
ante ellos desde hace tiempo. ¿Cuál sería la diferencia si cayeran juntos en
ese mismo momento?
Recordaba como había
empezado todo. No tiene nada que ver conmigo, lo admito, pero una larga
existencia llena de experiencias acaba por dejar a una sin mucho más que
entretenerse que ser testigo silencioso de los problemas de los demás. Puedo
entender y comprender hasta cierto punto la forma en que piensan hasta lo más
desgraciados. Y como suelen terminar. ¿Este es un caso que ya habré visto
antes? No lo sé. Difícilmente recuerdo qué he observado y en qué he estado
presente en los últimos años.
Aun así, los
hechos del pasado entre ellos eran muy simples para olvidarlos.
Siria y Kite,
madre e hijo, han vivido en esa zona residencial por un tiempo considerable, quizá
poco después de que él naciera. Ignoro la edad de Siria, pero es evidente que
se convirtió en madre a una edad temprana, como se considera en estos tiempos
dentro de una sociedad mojigata, lo que a mí no me podría importar menos. Kite
ha entrado en esa edad donde la mente se abre ante una serie de pensamientos e
influencias que van determinando el hombre en que se convertirá, considerando
que en verdad desee continuar, lo que actualmente está en duda. Algunos jóvenes
son más vulnerables que otros para cuando llega este momento. No es irregular
que unos no puedan soportarlo y se nieguen a seguir siendo parte del mundo.
Pero la psicología no importa ahora.
Estos son los
hechos. Siria ha criado sola a Kite durante toda su vida, realizando los
mayores sacrificios que una madre soltera debe hacer. Ha llegado a tener más de
un trabajo por día, aceptar cualquier encargo fuera de su rutina, asegurarle una
buena pero modesta educación. Kite ha recibido todas las atenciones posibles, desarrollándose,
tan feliz e ingenuamente, como cualquier niño, pero llega un día en que todo
tiene que terminar. En su inocencia y con la tendencia normal de los niños
apegados a su madre, él ha procurado ver por ella, alegando que cuando se haya
graduado y consiga un empleo que le aporte beneficios, ella no tendrá que
trabajar más. Cualquier madre se sentiría orgullosa de que su hijo le diga eso,
pero Siria no. Ella sonríe débilmente y trata de no verlo directamente a los
ojos, desconcertando al chico. Y eso no es algo inusual. Ella trata de ser como
cualquier madre abnegada, mas en realidad todo es como una actuación. En el
fondo, vive sumida en una gran desesperación, atormentada por recuerdos que
cobran vida en sus pesadillas. No puede compartir eso con Kite, la he oído
decirlo. Por más que lo intenta, la presencia de su hijo no puede ayudarla a
superarlo. Y quizá nunca podrá, y es que una parte de su ser no puede olvidar
que la existencia del mismo es una prueba, un registro y evidencia, del peor
episodio de su vida.
¿Qué pudo haber
sido? A mí no me lo dijo. No es la clase de persona a la que la soledad la
impulsa a hablar con una vieja solitaria y cascarrabias como yo. Pero aun así
me entero sin ningún esfuerzo. He oído su historia más de una vez, cuando su
hermana viene de visita y Siria siempre termina explotando en sollozos,
hablando del pasado que quiere olvidar a toda costa. Lo que le pasó a ella, le
ha pasado a muchas otras mujeres. Algunas escapan, otras se arrepienten de no
haberlo procurado antes, pero otras, como ella, han quedado atrapadas en una
indecisión en que dicen no saber lo que estaban pensando en aquel entonces, y
en que ya no encuentran ninguna solución. No es tanto el recuerdo, sino el
ambiente, las voces, cuchicheos malintencionados a sus espaldas. Poco a poco,
van fungiendo en algo que la carcome, y no puede hacer ni decir nada en su
defensa. Prefiere vivir a costa de rumores y difamaciones que revelar la verdad.
Dentro de esta
sociedad repleta de personas de mentes cerradas, a las mujeres que tienen hijos
sin la presencia del padre, se piensa que han “dado un mal paso”, que no tienen
moral y no merecen respirar el mismo aire. Pueden darse tales circunstancias,
pero normalmente esas concepciones no se atienen a mujeres que aceptaran la
maternidad, deshaciéndose de los “productos” a la primera oportunidad. En otros
casos, si no la mayoría, todo tiene que ver con decepciones, rupturas, promesas
rotas, que apuntan a la irresponsabilidad de los padres, lo que es preferible,
ya que uniones forzadas por los hijos crean un ambiente caótico en el que yo
nunca he soportado estar presente. Aun así, sé que Siria hubiera deseado que su
caso fuera como el de esas mujeres, lo que obviamente no pudo ser. La
concepción, que para mí es incomprensible desde esta perspectiva, se atribuye a
un acto de amor, que bien luego podría significar nada. Con Siria fue todo
menos eso. Por lo que entiendo, fue agredida brutalmente por un desconocido,
como parte de un inesperado encuentro. El agresor sólo se abalanzó sobre ella y,
una vez que obtuvo lo que quería, se fue, desapareciendo en las sombras, como
si nunca hubiera estado ahí, y aunque Siria no pueda olvidarlo jamás, nunca
pudo ver su rostro, cegada por el miedo y el terror. Ese hecho trajo graves
consecuencias, en especial con su familia. Cuando supieron que ese ataque la había
dejado encinta, sus padres, inmediatamente exigieron que hiciera lo que debía
hacer. Siria se negó. ¿Por qué? No tengo idea. Ni ella misma lo sabe.
Simplemente se rehusó, haciendo caso omiso de lo que significaría tener un hijo
no deseado, procreado con un desconocido que casi la mata. Ella se ha lamentado
con su hermana por haber sido tan necia al aceptar criar sola a Kite, habiendo
sacrificado tanto… ¿Para que? Claro, como toda madre, ama a su hijo, pero Siria
no está segura de hacerlo. Lo intenta, pero no puede. No es el amor
incondicional que debería ser. En sus momentos más depresivos, le ha asegurado
a su hermana que, aunque no desee ningún mal a Kite, significaría un gran
alivio para ella si el destino se lo quitara. Un accidente, una enfermedad,
cualquier cosa que le permita librarse del niño que insistió en tener, pese al
evento traumático en que lo concibió. Si está conciente de lo que dice o es esa
desesperación la que habla por sí misma, lo ignoro. En cierta manera, sé lo que
es estar en su lugar, pero para mí es algo muy normal, a lo que no puedo darle
importancia, aunque haya pasado mucho tiempo desde que dí a luz a mi última
criatura.
La cosa es que
Siria no es la única que sufre. Conforme va madurando, Kite va adquiriendo
conciencia sobre el comportamiento de su madre. La forma ansiosa en que lo
mira, o como de pronto esquiva su mirada. Ha querido creer que es por el cansancio
producido por su trabajo pero, poco a poco, entiende que es por causa suya. Es
por él que su madre está volviéndose distante, apartándose, sumiéndose más en
el trabajo, cualquier cosa para desatenderlo. Otros pensarían que es la manera
en que los padres van dándoles espacio a sus hijos, en especial cuando llegan a
esa edad. Pero Kite no entiende, no se lo han explicado, y puede percibir ese
inconciente rechazo de su madre. Él la quiere entrañablemente, como debe ser, y
por eso le duele el rechazo. No tiene amigos y si no tuviera a su madre
consigo, se sentiría muy solo. Y ahora es como si ese estado se fuera
confirmando, y no tiene nada más que pueda sacar la duda de su mente. Eso no es
lo peor, me temo. Otro problema con los muchachos de su edad es que empiezan a
atar cabos, por lo que pueden percatarse en otras familias. Y así llega el día
fatal, en que detona la bomba que podría destruir para siempre la precaria
estructura de su reducida familia.
He oído esa
pregunta, no sé si en programas de televisión o en forma presencial, mi memoria
es tan mala…
“¿Dónde está mi
papa?”
Grave error,
aunque Kite no pudiera saberlo. Siria debió verlo venir, pero se entretuvo
tanto con su trabajo y manteniendo a su hijo para recordar, que algún día él se
lo preguntaría. Y no había ninguna respuesta que pudiera darle. Por eso, Siria
no dice nada. Kite repite la pregunta, pero ella sólo se retira, dejándolo con
la intriga. A partir de ese día, la distancia entre ambos crece. Siria ya no le
dirige la palabra, limitándose a realizar las labores hogareñas normales de un
ama de casa. Él quiere que la deje ayudarla, tratando de simpatizar más, pero
ella le indica con un gesto que se aparte, que se concentre en sus tareas y
otras actividades escolares. Kite empieza a sentirse cada vez más frustrado,
tratando de concebir en su mente el porqué de la actitud de su madre. Aun a su
edad, ha aprendido sobre algunas situaciones de la vida, ya sea habiendo
escuchado o leído al respecto, y así llega a una conclusión, que se acerca a la
verdad, pero muy poco. Kite, ingenuamente, cree que su padre abandonó a su
madre, ya sea habiéndose separado, antes o después de que él naciera. Ella no
deja de extrañarlo y actúa de esa forma para que él no sepa nada, cargando sola
con la pena de su perdida. También podría ser que hubiera muerto, lo que vendría
siendo lo mismo. Su madre está triste y no quiere compartir ese sufrimiento con
Kite. Satisfecho por esa deducción, él quiere demostrarle lo contrario, que él
no puede ser tan joven e ignorante como para no comprender, y asegurarle que
siempre la apoyará, que hasta aceptará que ella encuentre otro hombre para no sentirse
tan sola. Sin embargo, antes de poder tomar la iniciativa, titubea, preocupado
por empeorar más la situación al no estar al cien por ciento seguro de lo pasó.
Sólo le queda una alternativa, la cual lo fuerza a hacer algo que nunca ha
hecho. Su tía es la única persona que viene a visitar a su madre (a los abuelos
no las ha visto ni una vez, posiblemente porque cortaron lazos con Siria en
cuanto ella se comprometió a criar al hijo no deseado que ellos querían
desaparecer tras su concepción). Su tía era una persona agradable, aunque Kite
no había pasado suficiente tiempo con ella para conocerla mejor. Pero era la única
que podría aclarar la identidad de su padre. Rebuscó entre las cosas personales
de su madre, esperando encontrar ahí alguna dirección que lo guiara hasta la
residencia de su tía, ya que cuando ella venía, no tenía mucho tiempo para
hablarle y no podría tocar ese tema si su madre estaba presente. Cuando por fin
la encontró, preparó todo para la salida, aunque significara faltar a la
escuela, ignorando lo que eso desataría. Yo no estuve presente, obviamente,
pero no necesitaba que me dijeran como sucedió esa entrevista fatal. Vi a Kite
salir, emocionado e inquieto, y cuando hubo regresado a casa, horas después,
supuse por su expresión lúgubre lo que había pasado. Más bien, lo que le habían
dicho, lo cual yo sabía de antemano. Y es que por más perceptivos que sean los
niños, en especial los que tienen madres solteras, ellos nunca esperan
enterarse de que sus padres son, literalmente, extraños. Dentro de esta
sociedad, ningún niño podría haber pensado que su nacimiento se debe a un
hombre desconocido que atacó a su madre, como un anónimo y vulgar ladrón de la
noche. Nada podría prepararlos para ese conocimiento, uno que destruye sueños y
aspiraciones, matando la inocencia, extinguiendo los rastros que quedaban de la
infancia, arrebatándoles un futuro brillante en un instante. Es en
consideración a estas reacciones que lo habitual en estos casos, sea tomar una
medida muy cuestionable que asegure que no existan niños que sufran estos
traumas. Es algo que nunca entenderé, pero es la idea general, que puede
permitir algo tan ruin, pero necesario, ya sea por la supersticiosa creencia de
que esas criaturas nacerán con los bajos instintos de sus padres, o ahorrarles
el sufrimiento que ahora está consumiendo a Kite. Que triste, y ni yo ni mis
hijos podríamos haberlo visto de ese modo, pero no me corresponde juzgar a
nadie. Me alegra no ser parte de esta sociedad, aunque mi vida dependa de su disponibilidad.
Después de esto,
Siria ya no sufría sola. Kite la acompañaba, pero entre los dos no encontraban
consuelo alguno. Su unidad familiar se había desintegrado súbitamente. Ella no podía
vivir recordando lo que le había sucedido. El recuerdo de su desgracia,
encarnado en un hijo ejemplar, que no creía merecer, ya que por mucho que lo
quisiera no podía ayudarla a olvidar. Era como si mientras él viviera, ella seguiría
atada al pasado. Ninguna terapia podía ayudarla. Sus padres la repudiaban. Su
hermana sólo la visitaba por cortesía. Los vecinos la veían con malos ojos, suponiéndola
una mujer de la peor calaña y ella no podía sacarlos de su error, sabiendo que debía
callar la verdad, por el bien de su hijo. Sumida en su dolor, no podía darse
cuenta de que él ya lo sabía y, a raíz de eso, Kite se volvía tan retraído como
ella, encerrándose en su cuarto, perdiendo toda motivación para ocuparse de sus
obligaciones y sin encontrar nada en que distraerse.
Yo podía verla.
Seguramente más de una vez, Siria había considerado la forma de liberarse por
sí misma, sin poner la vida de Kite de por medio. A este paso, pronto adquiriría
el valor para hacerlo, aunque fuera un acto impulsado por la cobardía. No tardaría
en encerrarse en el baño, trayendo consigo una innecesaria navaja para
rasurarse. O prepararía una soga que se sostuviera firmemente en el techo
mientras ella subía por una pequeña escalera.
En cuanto a
Kite, podía ser menos imaginativo en esta circunstancia, pero puedo asegurar lo
que pensaba. Aunque no quisiera entenderlo, el sufrimiento de su madre lo
ocasionaba él, porque estaba vivo, porque su padre había sido un hombre
malvado, y eso significa que él lo sería también, aunque no quisiera. Ya estaba
provocándole un gran dolor, y no quería seguir haciéndolo. Demasiado joven para
entender el significado de lo que hacií, aun si se le podía tomar como un noble
sacrificio.
Había empezado
una tormenta en el exterior, pero yo sentía que no era tan fuerte ni tan intensa
como la que se desataba dentro de esas cuatro paredes, en la pequeña
residencia, dentro de los corazones de ambos.
Kite subió a la
azotea mientras la tormenta arreciaba. Siria había salido. Su hermana la había
llamado para invitarla a comer después del trabajo. Por eso había venido
corriendo, pensé. Su hermana debía haberle contado que Kite le había preguntado
sobre su padre. Una parte de ella debió haber presentido lo que pasaría.
La cuestión
ahora, era qué haría ella al respecto.
Siria había llegado,
sin importarle la lluvia. Justo a tiempo, se diría, ya que se dirigió
instintivamente a la azotea, sin detenerse. Yo tenía asiento de primera fila
para ver lo que ocurriría a continuación. ¿En verdad Siria salvaría a Kite o lo
dejaría caer para saltar ella poco después?
Kite ignoraba la
lluvia, los relampagueos cercanos. Se mantenía cabizbajo, observando el
precipicio. Al caer, liberaría a su madre, y a sí mismo. Nuevamente, yo sabía
lo que pensaba. Que no debía haber nacido, que toda su existencia había sido un
error. Puros pensamientos de amargura, que no debería tener un niño, pero la revelación
lo había destruido. Nada podía salvarlo. Solo una persona.
Admito que soy
demasiado vieja para sorprenderme. Por eso no diré que lo estuve cuando Siria avanzó,
vacilante, hacia él. Con lágrimas en los ojos, llamó a su hijo por su nombre, pidiéndole
que se detuviera. Ella había comprendido el daño que le había hecho. Ocultó la
verdad por años, supuestamente por su bien, pero esa idea era para engañarse a
sí misma. Era ella la que quería olvidar, pero en su mente quiso ver que
sacrificarse por su hijo era lo mejor que podía hacer, en vez de haberlo amado
como tal, dejando el pasado atrás. No debía importar quién era el padre ni cómo
sucedió. Era suyo y de nadie más, y ella había malentendido el significado de
esa responsabilidad. Finalmente, lo había comprendido y, afortunadamente, no
muy tarde.
Cuando lo llamó,
Kite la llamó a su vez, llorando también, y olvidándose de lo que intentaba
hacer. Él también había entendido que su sacrificio tampoco era la manera en
que aliviaría las penas de su madre. Sólo la dejaría sola y destrozada, sin
nadie que estuviera a su lado para confortarla.
Ambos olvidaron
en ese momento el dolor que habían sentido por tanto tiempo. Debían hacerlo
para seguir adelante, porque no se tenían más que el uno al otro. Se abrazaron durante
varios minutos, hasta que la lluvia se detuvo y las nubes se disiparon,
arrojando sobre ellos los últimos vestigios de la cálida luz del sol de la
tarde.
Soy muy vieja,
lo sé. Tampoco soy parte de la misma sociedad que ellos. He parido muchos hijos
en mis mejores años, todos concebidos del mismo modo en que Siria tuvo a Kite,
y nunca pensé que eso significaría una diferencia. Después de todo, los hijos
son iguales para todas las madres. O deberían serlo. Los amas, los crías, y los
dejas ir cuando ya pueden sostenerse por sí mismos. El padre nunca ha
importado, y aunque no sea un acto de amor, cumple con su propósito, que
siempre es el mismo, a fin de cuentas. Quizá por eso nunca entenderé porque
ellos son así. Si alguna pequeña parte de mí conociera la envidia, podría
sentirla en este momento, ya que, en cierto modo, esas duras lecciones de la
vida han de reforzar esa unión, como Siria y Kite experimentan en estos
momentos.
Estoy segura que
todo les saldrá bien de aquí en adelante, haciéndome extrañar a mis propios
hijos, aun cuando he concluido mi propio ciclo de maternidad.
Lo único que en
verdad me importa, lo que es absolutamente indispensable para mi persona, es
que cuando hayan terminado de arreglarse, se acuerden de mí y me den algo de
comer. De lo contrario, tendré que interrumpirlos, maullando y restregándome en
sus piernas para que olviden su pequeño drama familiar y pongan atención a la
autentica dueña de la casa.
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