sábado, 2 de junio de 2018

A través



Por:
Sergio J. López Jaime

De pie, justo al filo del abismo. Una acción que delata la siguiente. Una figura pequeña, inmóvil, apenas sintiendo la presión del aire, el contacto de las gotas de lluvia. Un paso más o un salto, cualquier medio de avance será suficiente para terminar con todo. Yo lo observaba fijamente, pero sabía que no podría hacer nada para impedir lo que sucedería a continuación. No es mi responsabilidad, no es mi asunto. Si alguien podía hacerle cambiar de parecer, tendría que ser ella.
Al otro extremo, la vi. Acababa de llegar, tras haber corrido con todas sus fuerzas, respirando entrecortadamente. Conforme iba recobrándose, miraba hacia el muchacho, considerando lo que debía decir o hacer. Yo no podía meterme, sólo esperar, contemplando la escena y procurando resguardarme de la lluvia. Por lo que yo sabía, ella bien podría optar por saltar con él. El abismo se había abierto ante ellos desde hace tiempo. ¿Cuál sería la diferencia si cayeran juntos en ese mismo momento?
Recordaba como había empezado todo. No tiene nada que ver conmigo, lo admito, pero una larga existencia llena de experiencias acaba por dejar a una sin mucho más que entretenerse que ser testigo silencioso de los problemas de los demás. Puedo entender y comprender hasta cierto punto la forma en que piensan hasta lo más desgraciados. Y como suelen terminar. ¿Este es un caso que ya habré visto antes? No lo sé. Difícilmente recuerdo qué he observado y en qué he estado presente en los últimos años.
Aun así, los hechos del pasado entre ellos eran muy simples para olvidarlos.
Siria y Kite, madre e hijo, han vivido en esa zona residencial por un tiempo considerable, quizá poco después de que él naciera. Ignoro la edad de Siria, pero es evidente que se convirtió en madre a una edad temprana, como se considera en estos tiempos dentro de una sociedad mojigata, lo que a mí no me podría importar menos. Kite ha entrado en esa edad donde la mente se abre ante una serie de pensamientos e influencias que van determinando el hombre en que se convertirá, considerando que en verdad desee continuar, lo que actualmente está en duda. Algunos jóvenes son más vulnerables que otros para cuando llega este momento. No es irregular que unos no puedan soportarlo y se nieguen a seguir siendo parte del mundo. Pero la psicología no importa ahora.
Estos son los hechos. Siria ha criado sola a Kite durante toda su vida, realizando los mayores sacrificios que una madre soltera debe hacer. Ha llegado a tener más de un trabajo por día, aceptar cualquier encargo fuera de su rutina, asegurarle una buena pero modesta educación. Kite ha recibido todas las atenciones posibles, desarrollándose, tan feliz e ingenuamente, como cualquier niño, pero llega un día en que todo tiene que terminar. En su inocencia y con la tendencia normal de los niños apegados a su madre, él ha procurado ver por ella, alegando que cuando se haya graduado y consiga un empleo que le aporte beneficios, ella no tendrá que trabajar más. Cualquier madre se sentiría orgullosa de que su hijo le diga eso, pero Siria no. Ella sonríe débilmente y trata de no verlo directamente a los ojos, desconcertando al chico. Y eso no es algo inusual. Ella trata de ser como cualquier madre abnegada, mas en realidad todo es como una actuación. En el fondo, vive sumida en una gran desesperación, atormentada por recuerdos que cobran vida en sus pesadillas. No puede compartir eso con Kite, la he oído decirlo. Por más que lo intenta, la presencia de su hijo no puede ayudarla a superarlo. Y quizá nunca podrá, y es que una parte de su ser no puede olvidar que la existencia del mismo es una prueba, un registro y evidencia, del peor episodio de su vida.
¿Qué pudo haber sido? A mí no me lo dijo. No es la clase de persona a la que la soledad la impulsa a hablar con una vieja solitaria y cascarrabias como yo. Pero aun así me entero sin ningún esfuerzo. He oído su historia más de una vez, cuando su hermana viene de visita y Siria siempre termina explotando en sollozos, hablando del pasado que quiere olvidar a toda costa. Lo que le pasó a ella, le ha pasado a muchas otras mujeres. Algunas escapan, otras se arrepienten de no haberlo procurado antes, pero otras, como ella, han quedado atrapadas en una indecisión en que dicen no saber lo que estaban pensando en aquel entonces, y en que ya no encuentran ninguna solución. No es tanto el recuerdo, sino el ambiente, las voces, cuchicheos malintencionados a sus espaldas. Poco a poco, van fungiendo en algo que la carcome, y no puede hacer ni decir nada en su defensa. Prefiere vivir a costa de rumores y difamaciones que revelar la verdad.
Dentro de esta sociedad repleta de personas de mentes cerradas, a las mujeres que tienen hijos sin la presencia del padre, se piensa que han “dado un mal paso”, que no tienen moral y no merecen respirar el mismo aire. Pueden darse tales circunstancias, pero normalmente esas concepciones no se atienen a mujeres que aceptaran la maternidad, deshaciéndose de los “productos” a la primera oportunidad. En otros casos, si no la mayoría, todo tiene que ver con decepciones, rupturas, promesas rotas, que apuntan a la irresponsabilidad de los padres, lo que es preferible, ya que uniones forzadas por los hijos crean un ambiente caótico en el que yo nunca he soportado estar presente. Aun así, sé que Siria hubiera deseado que su caso fuera como el de esas mujeres, lo que obviamente no pudo ser. La concepción, que para mí es incomprensible desde esta perspectiva, se atribuye a un acto de amor, que bien luego podría significar nada. Con Siria fue todo menos eso. Por lo que entiendo, fue agredida brutalmente por un desconocido, como parte de un inesperado encuentro. El agresor sólo se abalanzó sobre ella y, una vez que obtuvo lo que quería, se fue, desapareciendo en las sombras, como si nunca hubiera estado ahí, y aunque Siria no pueda olvidarlo jamás, nunca pudo ver su rostro, cegada por el miedo y el terror. Ese hecho trajo graves consecuencias, en especial con su familia. Cuando supieron que ese ataque la había dejado encinta, sus padres, inmediatamente exigieron que hiciera lo que debía hacer. Siria se negó. ¿Por qué? No tengo idea. Ni ella misma lo sabe. Simplemente se rehusó, haciendo caso omiso de lo que significaría tener un hijo no deseado, procreado con un desconocido que casi la mata. Ella se ha lamentado con su hermana por haber sido tan necia al aceptar criar sola a Kite, habiendo sacrificado tanto… ¿Para que? Claro, como toda madre, ama a su hijo, pero Siria no está segura de hacerlo. Lo intenta, pero no puede. No es el amor incondicional que debería ser. En sus momentos más depresivos, le ha asegurado a su hermana que, aunque no desee ningún mal a Kite, significaría un gran alivio para ella si el destino se lo quitara. Un accidente, una enfermedad, cualquier cosa que le permita librarse del niño que insistió en tener, pese al evento traumático en que lo concibió. Si está conciente de lo que dice o es esa desesperación la que habla por sí misma, lo ignoro. En cierta manera, sé lo que es estar en su lugar, pero para mí es algo muy normal, a lo que no puedo darle importancia, aunque haya pasado mucho tiempo desde que dí a luz a mi última criatura.
La cosa es que Siria no es la única que sufre. Conforme va madurando, Kite va adquiriendo conciencia sobre el comportamiento de su madre. La forma ansiosa en que lo mira, o como de pronto esquiva su mirada. Ha querido creer que es por el cansancio producido por su trabajo pero, poco a poco, entiende que es por causa suya. Es por él que su madre está volviéndose distante, apartándose, sumiéndose más en el trabajo, cualquier cosa para desatenderlo. Otros pensarían que es la manera en que los padres van dándoles espacio a sus hijos, en especial cuando llegan a esa edad. Pero Kite no entiende, no se lo han explicado, y puede percibir ese inconciente rechazo de su madre. Él la quiere entrañablemente, como debe ser, y por eso le duele el rechazo. No tiene amigos y si no tuviera a su madre consigo, se sentiría muy solo. Y ahora es como si ese estado se fuera confirmando, y no tiene nada más que pueda sacar la duda de su mente. Eso no es lo peor, me temo. Otro problema con los muchachos de su edad es que empiezan a atar cabos, por lo que pueden percatarse en otras familias. Y así llega el día fatal, en que detona la bomba que podría destruir para siempre la precaria estructura de su reducida familia.
He oído esa pregunta, no sé si en programas de televisión o en forma presencial, mi memoria es tan mala…
“¿Dónde está mi papa?”
Grave error, aunque Kite no pudiera saberlo. Siria debió verlo venir, pero se entretuvo tanto con su trabajo y manteniendo a su hijo para recordar, que algún día él se lo preguntaría. Y no había ninguna respuesta que pudiera darle. Por eso, Siria no dice nada. Kite repite la pregunta, pero ella sólo se retira, dejándolo con la intriga. A partir de ese día, la distancia entre ambos crece. Siria ya no le dirige la palabra, limitándose a realizar las labores hogareñas normales de un ama de casa. Él quiere que la deje ayudarla, tratando de simpatizar más, pero ella le indica con un gesto que se aparte, que se concentre en sus tareas y otras actividades escolares. Kite empieza a sentirse cada vez más frustrado, tratando de concebir en su mente el porqué de la actitud de su madre. Aun a su edad, ha aprendido sobre algunas situaciones de la vida, ya sea habiendo escuchado o leído al respecto, y así llega a una conclusión, que se acerca a la verdad, pero muy poco. Kite, ingenuamente, cree que su padre abandonó a su madre, ya sea habiéndose separado, antes o después de que él naciera. Ella no deja de extrañarlo y actúa de esa forma para que él no sepa nada, cargando sola con la pena de su perdida. También podría ser que hubiera muerto, lo que vendría siendo lo mismo. Su madre está triste y no quiere compartir ese sufrimiento con Kite. Satisfecho por esa deducción, él quiere demostrarle lo contrario, que él no puede ser tan joven e ignorante como para no comprender, y asegurarle que siempre la apoyará, que hasta aceptará que ella encuentre otro hombre para no sentirse tan sola. Sin embargo, antes de poder tomar la iniciativa, titubea, preocupado por empeorar más la situación al no estar al cien por ciento seguro de lo pasó. Sólo le queda una alternativa, la cual lo fuerza a hacer algo que nunca ha hecho. Su tía es la única persona que viene a visitar a su madre (a los abuelos no las ha visto ni una vez, posiblemente porque cortaron lazos con Siria en cuanto ella se comprometió a criar al hijo no deseado que ellos querían desaparecer tras su concepción). Su tía era una persona agradable, aunque Kite no había pasado suficiente tiempo con ella para conocerla mejor. Pero era la única que podría aclarar la identidad de su padre. Rebuscó entre las cosas personales de su madre, esperando encontrar ahí alguna dirección que lo guiara hasta la residencia de su tía, ya que cuando ella venía, no tenía mucho tiempo para hablarle y no podría tocar ese tema si su madre estaba presente. Cuando por fin la encontró, preparó todo para la salida, aunque significara faltar a la escuela, ignorando lo que eso desataría. Yo no estuve presente, obviamente, pero no necesitaba que me dijeran como sucedió esa entrevista fatal. Vi a Kite salir, emocionado e inquieto, y cuando hubo regresado a casa, horas después, supuse por su expresión lúgubre lo que había pasado. Más bien, lo que le habían dicho, lo cual yo sabía de antemano. Y es que por más perceptivos que sean los niños, en especial los que tienen madres solteras, ellos nunca esperan enterarse de que sus padres son, literalmente, extraños. Dentro de esta sociedad, ningún niño podría haber pensado que su nacimiento se debe a un hombre desconocido que atacó a su madre, como un anónimo y vulgar ladrón de la noche. Nada podría prepararlos para ese conocimiento, uno que destruye sueños y aspiraciones, matando la inocencia, extinguiendo los rastros que quedaban de la infancia, arrebatándoles un futuro brillante en un instante. Es en consideración a estas reacciones que lo habitual en estos casos, sea tomar una medida muy cuestionable que asegure que no existan niños que sufran estos traumas. Es algo que nunca entenderé, pero es la idea general, que puede permitir algo tan ruin, pero necesario, ya sea por la supersticiosa creencia de que esas criaturas nacerán con los bajos instintos de sus padres, o ahorrarles el sufrimiento que ahora está consumiendo a Kite. Que triste, y ni yo ni mis hijos podríamos haberlo visto de ese modo, pero no me corresponde juzgar a nadie. Me alegra no ser parte de esta sociedad, aunque mi vida dependa de su disponibilidad.
Después de esto, Siria ya no sufría sola. Kite la acompañaba, pero entre los dos no encontraban consuelo alguno. Su unidad familiar se había desintegrado súbitamente. Ella no podía vivir recordando lo que le había sucedido. El recuerdo de su desgracia, encarnado en un hijo ejemplar, que no creía merecer, ya que por mucho que lo quisiera no podía ayudarla a olvidar. Era como si mientras él viviera, ella seguiría atada al pasado. Ninguna terapia podía ayudarla. Sus padres la repudiaban. Su hermana sólo la visitaba por cortesía. Los vecinos la veían con malos ojos, suponiéndola una mujer de la peor calaña y ella no podía sacarlos de su error, sabiendo que debía callar la verdad, por el bien de su hijo. Sumida en su dolor, no podía darse cuenta de que él ya lo sabía y, a raíz de eso, Kite se volvía tan retraído como ella, encerrándose en su cuarto, perdiendo toda motivación para ocuparse de sus obligaciones y sin encontrar nada en que distraerse.
Yo podía verla. Seguramente más de una vez, Siria había considerado la forma de liberarse por sí misma, sin poner la vida de Kite de por medio. A este paso, pronto adquiriría el valor para hacerlo, aunque fuera un acto impulsado por la cobardía. No tardaría en encerrarse en el baño, trayendo consigo una innecesaria navaja para rasurarse. O prepararía una soga que se sostuviera firmemente en el techo mientras ella subía por una pequeña escalera.
En cuanto a Kite, podía ser menos imaginativo en esta circunstancia, pero puedo asegurar lo que pensaba. Aunque no quisiera entenderlo, el sufrimiento de su madre lo ocasionaba él, porque estaba vivo, porque su padre había sido un hombre malvado, y eso significa que él lo sería también, aunque no quisiera. Ya estaba provocándole un gran dolor, y no quería seguir haciéndolo. Demasiado joven para entender el significado de lo que hacií, aun si se le podía tomar como un noble sacrificio.
Había empezado una tormenta en el exterior, pero yo sentía que no era tan fuerte ni tan intensa como la que se desataba dentro de esas cuatro paredes, en la pequeña residencia, dentro de los corazones de ambos.
Kite subió a la azotea mientras la tormenta arreciaba. Siria había salido. Su hermana la había llamado para invitarla a comer después del trabajo. Por eso había venido corriendo, pensé. Su hermana debía haberle contado que Kite le había preguntado sobre su padre. Una parte de ella debió haber presentido lo que pasaría.
La cuestión ahora, era qué haría ella al respecto.
Siria había llegado, sin importarle la lluvia. Justo a tiempo, se diría, ya que se dirigió instintivamente a la azotea, sin detenerse. Yo tenía asiento de primera fila para ver lo que ocurriría a continuación. ¿En verdad Siria salvaría a Kite o lo dejaría caer para saltar ella poco después?
Kite ignoraba la lluvia, los relampagueos cercanos. Se mantenía cabizbajo, observando el precipicio. Al caer, liberaría a su madre, y a sí mismo. Nuevamente, yo sabía lo que pensaba. Que no debía haber nacido, que toda su existencia había sido un error. Puros pensamientos de amargura, que no debería tener un niño, pero la revelación lo había destruido. Nada podía salvarlo. Solo una persona.
Admito que soy demasiado vieja para sorprenderme. Por eso no diré que lo estuve cuando Siria avanzó, vacilante, hacia él. Con lágrimas en los ojos, llamó a su hijo por su nombre, pidiéndole que se detuviera. Ella había comprendido el daño que le había hecho. Ocultó la verdad por años, supuestamente por su bien, pero esa idea era para engañarse a sí misma. Era ella la que quería olvidar, pero en su mente quiso ver que sacrificarse por su hijo era lo mejor que podía hacer, en vez de haberlo amado como tal, dejando el pasado atrás. No debía importar quién era el padre ni cómo sucedió. Era suyo y de nadie más, y ella había malentendido el significado de esa responsabilidad. Finalmente, lo había comprendido y, afortunadamente, no muy tarde.
Cuando lo llamó, Kite la llamó a su vez, llorando también, y olvidándose de lo que intentaba hacer. Él también había entendido que su sacrificio tampoco era la manera en que aliviaría las penas de su madre. Sólo la dejaría sola y destrozada, sin nadie que estuviera a su lado para confortarla.
Ambos olvidaron en ese momento el dolor que habían sentido por tanto tiempo. Debían hacerlo para seguir adelante, porque no se tenían más que el uno al otro. Se abrazaron durante varios minutos, hasta que la lluvia se detuvo y las nubes se disiparon, arrojando sobre ellos los últimos vestigios de la cálida luz del sol de la tarde.
Soy muy vieja, lo sé. Tampoco soy parte de la misma sociedad que ellos. He parido muchos hijos en mis mejores años, todos concebidos del mismo modo en que Siria tuvo a Kite, y nunca pensé que eso significaría una diferencia. Después de todo, los hijos son iguales para todas las madres. O deberían serlo. Los amas, los crías, y los dejas ir cuando ya pueden sostenerse por sí mismos. El padre nunca ha importado, y aunque no sea un acto de amor, cumple con su propósito, que siempre es el mismo, a fin de cuentas. Quizá por eso nunca entenderé porque ellos son así. Si alguna pequeña parte de mí conociera la envidia, podría sentirla en este momento, ya que, en cierto modo, esas duras lecciones de la vida han de reforzar esa unión, como Siria y Kite experimentan en estos momentos.
Estoy segura que todo les saldrá bien de aquí en adelante, haciéndome extrañar a mis propios hijos, aun cuando he concluido mi propio ciclo de maternidad.
Lo único que en verdad me importa, lo que es absolutamente indispensable para mi persona, es que cuando hayan terminado de arreglarse, se acuerden de mí y me den algo de comer. De lo contrario, tendré que interrumpirlos, maullando y restregándome en sus piernas para que olviden su pequeño drama familiar y pongan atención a la autentica dueña de la casa.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario